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Una mirada Retrospectiva


Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo.  Le dijo Simón Pedro: Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza.(Juan 8:13-9)
Fue un domingo de abril de 1987, tenía 18 años, estábamos a punto de hacer una pequeña representación en el servicio del día domingo por la noche, mi papel era irrumpir abruptamente en medio del culto, era una linda obra con una excelente enseñanza.  Sin embargo ese domingo tuvimos una triste noticia que tenía que ver con el fallecimiento de un miembro de mi familia, fue un golpe tremendo y la persona encargada del grupo de teatro estaba entre hacer o no esta representación, ya que la iglesia había quedado en shock.  Sin embargo, yo insistí en hacerlo, ya que el servicio continuó y porque además  quería dar a conocer lo buena actriz que era, entonces dije: “sí, hagamos lo no más”.

  Recuerdo que cuando entre por el largo pasillo hasta el altar, recién me di cuenta del impacto que mi papel estaba produciendo, tenía que entrar gritando que  mi casa se había quemado y tenía que hacerlo muy real, lo hice, pero al momento de llegar al altar sale un hermano y empieza a “reprenderme”, con imposición de manos y todo, pensando que yo estaba actuando fuera de sí, debido a la noticia recibida.  Luego del bochorno se dieron cuenta que era una representación.  Sin embargo eso me quedo con un gusto muy amargo, luego que a la semana siguiente algunos hermanos se me acercaron diciéndome que no había sido propicio hacer esa representación en un momento así…

Si, te soy honesta, fue mi impulsividad de joven por no medir las consecuencias, ya que no muchos entendieron la representación, la iglesia estaba triste con la noticia y mas encima yo, le agregué un poco de  tragedia al ambiente.

Mirando hacía este pasado y recordando algunos hechos en mi vida, me logro identificar con Pedro, este varón tan impulsivo, tan fuerte de carácter, creo que él siempre tuvo una buena intención, si hasta yo le hubiese cortado la oreja a ese soldado por defender a Jesús, y también le hubiese dicho a Jesús que ¡por favor no me lavara los pies, que cómo se le ocurría él hacerlo! Y estoy segura que le hubiese dicho también: “dispuesta estoy a ir contigo no sólo a la cárcel, sino también a la muerte”, ¿te das cuenta que en algo nos parecíamos?, pero las buenas intenciones son nada si le sumas impulsividad a tu carácter. Es una mezcla muy peligrosa.

Al dar esta mirada retrospectiva me di cuenta cuán inmadura fui  para hablar o actuar tan impulsivamente.

Es que la  impulsividad no es una característica  buena del carácter y muchas veces nos lleva a situaciones extremas, sin pensar en las consecuencias de nuestras palabras o actos. Sí, definitivamente  esto denota una falta de crecimiento y madurez, porque aunque tenga buenas intenciones, debo medir las consecuencias de mis palabras, debo esperar en Dios antes de decir tal o cual cosa, debo tener dominio propio para no acelerarme en responder cuando siento que la euforia me domina por no quedarme callada por ejemplo.

Muchas veces nos comprometemos sin saber si vamos a cumplir porque somos dominadas por un “emocionalismo” que nos hace prometer cosas que no podremos cumplir, como Pedro. Tanto él como yo hemos estado en un proceso de aprendizaje, él tuvo al mejor Maestro y Mentor a su lado, yo también lo tengo, porque me he dado cuenta, así como lo hizo el Espíritu Santo en Pedro, que si no fuera por Su poder obrando en mi vida, muchos más errores hubiese cometido. La diferencia es que en Pedro Dios completó su obra, en mi vida aun falta, pero puedo aprender de su carácter porque así como Cristo fue formado en él, también el carácter de Cristo sigue cambiando mi vida.

Es un proceso, y quizás tú te encuentras en el, no es de la noche a la mañana, aunque Pedro estuvo tres años en un entrenamiento y discipulado personal con Jesús, fue después de esos tres años que la obra del Espíritu Santo dio su fruto.  Y esto tiene que ver con fe, con relación personal con Dios, con desear buscar hacer las cosas bien, con tomar sabias decisiones, con llenarse de Cristo, con permanecer con El y en Él.  No te digo que muchas veces soy tentada a ser esa chica impulsiva, pero entonces su Espíritu me recuerda Su Palabra.

Pedro tuvo las mejores enseñanzas, tú y yo también tenemos el mismo privilegio, y tanto él como nosotras somos desafiadas a obedecer sus principios y ponerlos por obra y permitir que Cristo y su vida se formen en nosotras a fin de ser un reflejo de Él.

La impulsividad es un reflejo del “yo”, ese que quiere destronar a Jesús como Rey y Señor de nuestra vida, ese yo que quiere hacer su voluntad, ese yo que no le permite a Cristo establecer su reino en nuestras vidas día a día, por lo tanto, hoy tú y yo tenemos la oportunidad de seguir creciendo, madurando y permitiendo ser transformadas por el impacto de la vida de Cristo en nuestras vidas y dejando que sea Jesús quien nos lave, nos sane, nos purifique, nos consuele, nos guie, nos fortalezca, nos ayude, nos empodere, nos capacite y nos haga como El. Y digamos como Pedro:

Señor, lava no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza.(Juan 8:13-9)



ACERCA DEL AUTOR


Elba Castañeda
Esposa y madre de tres jóvenes energéticos, sirve al Señor junto a su esposo como pastores desde hace 16 años. Egresada del Instituto Bíblico de las Asambleas de Dios en Valparaíso-Chile. Divide su tiempo entre las actividades de casa y la iglesia. Se destaca como una mujer con un espíritu joven. Puedes encontrar más de sus escritos en El Gozo de ser Mujer


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