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La ley del hielo en Cristo se derrite.



“Soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otros. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros”.  Colosenses 3:13

En varias ocasiones me he preguntado: ¿Y si Dios me pidiera hacer una sola cosa en la vida?,  Y si esa única cosa que Cristo me pidiera hacer fuera perdonar, ¿sería capaz de hacerlo?, Y si mi acceso al reino de los cielos dependiera de ese único acto de perdón, ¿perdonaría?

Son las mismas preguntas que yo te hago a ti hoy.

Nadie debajo del cielo está exento de las heridas que causa una amistad rota, y lo que veo a mi alrededor es un patrón de hacer nuevas amistades, tener un intercambio de ideas, una conexión singular, una amistad de “Friends for ever”, una hermandad, luego por X motivo florece una ramita de egoísmo y con ello viene un  aislamiento progresivo, enojos y discusiones, momentos de tensión, más aislamiento y por último: LA LEY DEL HIELO. Después de ahí, no pasa nada; puedo aplicar el dicho: “Si te he visto, no te conozco”.                   

La manera más fácil de zafarse de esa relación es sepultando todos los recuerdos que tengan que ver con esa persona bajo un bloque de concreto duro y tieso. Lo que pertenece allí no se toca, no se mira y ya no importa, la vida sigue y hay muchas personas en el planeta para seguir conociendo… y bueno, seguir cayendo en el mismo patrón.

Pero cada vez que veo mi biblia veo que ¡ser cristiano es otra cosa!, mi visión de la amistad choca una y otra y otra vez con lo que dice Jesús acerca del amor y el perdón al prójimo. ¡Y eso me incomoda! “¿Pero Señor por qué tengo yo que ir a pedir perdón cuando fue ella la que me lastimó?”. ¿Te sientes identificada?

He reflexionado mucho sobre el tema, y lo que he aprendido sobre el tema es que amar y perdonar como Dios manda es un desafío sólo para verdaderos  valientes. No cualquiera está dispuesto a rendir de verdad su orgullo para pedir perdón.  Pedir perdón resulta ser fácil, vivenciar el perdón  es lo verdaderamente difícil, y es todavía más difícil volver a restaurar una relación.

“Porque si amáis a los que os aman, ¿Qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos?”. Mateo 5:46

Al señor le place llevarnos a un lugar más alto, desafía nuestra mediocridad planteándonos el reto de amar a quién nos ha herido, perdonarle y por si fuera poco, procurar restaurar la relación. Las  mediocres multitudes (la mayoría en el salón,  en la vecindad,  en el trabajo, etc.) aplican la ley del hielo, pero en el calor de una hermandad cristiana, el hielo se derrite;  no hay lugar para el distanciamiento y el saludo seco, o eres parte de algo más alto o estás fuera.

Cuando vienes a Cristo, eres o no eres, así de simple.

Créeme que estar dispuesta a perdonar para sanar una relación costará lágrimas, nuevos momentos de tensión, tendrás que remover la piedra de concreto para que Cristo limpie de nuevo tu amistad y además costará tu orgullo.

Al final de cuentas, la esencia que el mensaje de Cristo nos deja para la totalidad de la vida es esa.
Entonces, ¿pondrás a esa persona con la que hace años no hablas en oración y comenzarás a tomar acción sobre el asunto?   


¿Y si eso fuera lo único que Dios te pidiera hacer en la vida?,  ¿serías capaz de hacerlo?, Y si tu entrada al reino de los cielos dependiera de ese único acto de perdón, ¿perdonarías?




ACERCA DEL AUTOR  

Angélica Jiménez
Hija de Pastores misioneros de nacionalidad Colombiana, ha servido desde los 9 años junto a sus padres en los países de Bolivia y Argentina. Diagnosticada alrededor del año 2009 con Síndrome de Eisenmenger ha propuesto en su corazón servir a Dios hasta el día en que él se lo permita. Sus experiencias en la obra misionera continúan labrando el sueño de brindar herramientas bíblicas para las jóvenes de hoy.




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