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La belleza que se esconde


“Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo”.  Filipenses 2:3

Tengo una imagen en mi memoria cargada de un profundo sentimiento de amor por otros, la imagen es esta:

Era un domingo antes de comenzar la escuela dominical, mi padre bajaba por las escaleras del puente cercano a la iglesia, yo estaba en la vereda siguiendo sus pasos con mi mirada, esperaba ansiosa su regreso.

Habían pasado cerca de dos semanas lejos de casa haciendo recorridos de más de ocho horas a pie, visitando pueblos con nombres en otra lengua que yo no podía repetir. Mi padre nos explicaba que detrás de las montañas existían aldeas donde vivían personas que esperaban la llegada del misionero que además del mensaje de Jesús, traería noticas de otros hermanos, víveres y para los niños regalos.
Lentamente se acercaba haciendo que pudiera ver su rostro quemado por el sol, recuerdo sus viejas botas embarradas atravesando montañas rocosas y escalando laderas desérticas, en su mochila de cuero cargaba la biblia, algunas prendas de ropa, agua limpia y los dulces para los niños. Casi frente a mí estaba él, entonces podía ver el brillo de sus ojos y la sonrisa que reflejaba su alma, estaba experimentando la belleza del servicio.

El recuerdo de esa gran sonrisa provocaba mis grandes lágrimas al pensar que papá caminaba largas horas para llegar a una pequeña casita de barro donde había personas sencillas experimentando a Dios en su humilde forma de vida y alabándolo en su idioma. Yo fui testigo de aquellos viajes.

¡Estar entre aquellos hermanos era tan diferente! Diferente idioma y nacionalidad, diferente tipo de ropa, diferentes costumbres y modos de vida; no teníamos ningún punto en común, excepto Cristo y solamente Cristo era suficiente para tener demasiado en común.

Pablo le escribe a los filipenses: si cada uno de ustedes ha experimentado el consuelo de Cristo reflejado en su amor, si ustedes han palpado la comunión del Espíritu, si han sentido entre ustedes afecto entrañable y misericordia, entonces ya tienen demasiado en común, por lo tanto sientan todos los mismo, tengan todos el mismo amor en unidad.

 Cuando a la luz de la vela escuchaba esos sublimes cánticos en otra lengua, cerraba mis ojos y lloraba porque a pesar de tantas diferencias, en ese momento todas se disipaban y éramos una sola iglesia. Ni mi destreza para hablar español, ni mi habilidad para desenvolverme en una sociedad desarrollada, ni el conocimiento de conceptos superiores a lo que ellos pudieran conocer me servía en absoluto para justificar el sentirme superior a ellos, ¡no lo era!,  al contrario de eso mi propia vida espiritual era sacudida con fuerza por la manera en que ellos abrazaban el evangelio y  el testimonio que daban acerca de Cristo.

La verdad es que sólo podemos elegir colocar a los demás por encima de nosotros mismos cuando apreciamos la obra de Cristo en ellos.

Esta es la belleza que esconde el servicio de un corazón dispuesto: Que no importa si tenemos que atravesar ríos y montañas para hacer algo por otros, sin dudar lo haremos, porque en la dirección eterna vemos las manos de Dios actuando sobre aquellos a quienes servimos.

Desde esa perspectiva no hay lugar para hacer las cosas con malicia, por contienda o vanagloria, sino que desde la posición correcta, esto es estimando a los demás como superiores, nosotros como inferiores nos debemos a ellos en gran medida.


El secreto del gozo duradero está allí, en el servicio que un corazón voluntario puede ofrecer en los lugares inferiores.   



ACERCA DEL AUTOR  

Angélica Jiménez
Hija de Pastores misioneros de nacionalidad Colombiana, ha servido desde los 9 años junto a sus padres en los países de Bolivia y Argentina. Diagnosticada alrededor del año 2009 con Síndrome de Eisenmenger ha propuesto en su corazón servir a Dios hasta el día en que él se lo permita. Sus experiencias en la obra misionera continúan labrando el sueño de brindar herramientas bíblicas para las jóvenes de hoy.

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