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Espiritualmente materna



“…Cuando ya no pudimos soportarlo más, decidimos quedarnos solos en Atenas y enviamos a Timoteo para que los visitara”. 1 Tesalonicenses 3:1-2

Si lees con detenimiento y procuras por el peso de las palabras imaginar el estado emocional de Pablo, podrás sentir tal angustia desesperante que no le permite respirar con normalidad. La idea de dejar a los hermanos solos en tesalónica es insoportable, no puede contener el deseo de verlos para saber cómo están.  Con cada hora que pasa en su reloj se acrecienta el nudo en su garganta y sufre la misma desesperación de un padre que ha perdido a su hijo en el centro comercial.

Entonces encuentro en Pablo un gran ejemplo de corazón paternal, sin duda lo aprendió del Padre Dios quien rechazó la idea de permanecer separado de su creación y preparó un madero en forma de Cruz para que Su hijo soportara sobre sus hombros el peso del pecado, con tal de tenernos, no cerca, sino junto a Él ¡en íntima comunión!

Detengamos nuestros ojos para leer las palabras de Pablo y asumir que prefiere estar solo y separado de su mano derecha, Timoteo, que no tener noticias de los hermanos en Tesalónica. La realidad es que necesita a Timoteo en Atenas, pero está dispuesto a realizar un sacrificio personal por amor a los hermanos en Tesalónica.

Entonces encuentro en Pablo un corazón que no se reserva el derecho de atesorar para sí lo mejor. Así que renuncia a la gran ayuda que representa Timoteo con el fin de confirmar y exhortar a los hermanos respecto a su fe. Esto no se trata de un canje, es una dádiva incondicional. La misma clase de entrega que hace un padre cuando asume el compromiso de proveer para sus hijos, el mismo tipo de separación que sufrió Cristo de su Padre en la cruz. Entrega y separación tan necesarias para que los hermanos en Tesalónica fueran  avalados, ratificados y doblemente confirmados en su fe, y tan necesarias para que  tú y yo seamos  aprobadas y selladas  como hijas de Dios.

La firmeza en la esperanza, la fe y el amor de Pablo fueron tan fuertes que primaron  las necesidades de otros por encima de las suyas propias.

Hay ciertas ¡o múltiples! conductas que nos acusan de estar a kilómetros del ejemplo de Pablo y nos revelan cuán egoístas somos: cosas (mi dinero, mi armario, mis gusticos), tiempos (mis horas de internet, mi estudio, mi descanso, etc.)  y espacios ( mi casa, mi comodidad, mi privacidad, etc.)  que reclamamos para nosotras, que no estamos dispuestas a negociar,  y que ni siquiera por lo menos deseamos compartir para servir a otros.

Admiro la vida de este hombre, pues amar a otros como a nosotras mismas realmente atenta contra el ego, pero el apóstol acepta de buena manera pasar por incontables tribulaciones para ver germinar la semilla del evangelio, y  por el honor con el que sirve no deja a la intemperie ni a merced del tentador los nuevos nacidos en Cristo.
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Cultivar un corazón espiritualmente maternal, desarrollar cualidades piadosas como las que tuvo Jesús con los doce, y que Pablo imitó con cada nuevo creyente en el evangelio: este es el tipo de actitudes que debemos imitar, un amor que no saca provecho, ni es indiferente a otros, sino que ensancha su corazón para albergarlos y cuidarlos. ¡Todas nosotras debiéramos aspirar a ello!

 Así como los tesalonicenses, hay otras chicas recién nacidas en la iglesia, sedientas de compañerismo y amistad genuina, que necesitan encontrar en ti un espíritu abierto para enseñar y cualidades que  provean cuidado incondicional hasta que aquellas que vienen detrás de ti sean robustas en la fe.






ACERCA DEL AUTOR  

Angélica Jiménez
Hija de Pastores misioneros de nacionalidad Colombiana, ha servido desde los 9 años junto a sus padres en los países de Bolivia y Argentina. Diagnosticada alrededor del año 2009 con Síndrome de Eisenmenger ha propuesto en su corazón servir a Dios hasta el día en que él se lo permita. Sus experiencias en la obra misionera continúan labrando el sueño de brindar herramientas bíblicas para las jóvenes de hoy.

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