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Valiente en medio de la pérdida


“Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron." 
Apocalipsis 21:4  

Todavía recuerdo con nostalgia las lágrimas que derramaba mientras caminaba hacia mi asiento designado en el autobús, sosteniendo entre mis manos un osito de peluche blanco que me habían regalado como despedida. Ese fue mi último día en aquella ciudad. Había perdido a mis amigos, mi escuela, mi iglesia y todo lo demás. Pero lo que más dolía era la pérdida que se repetía. ¿Otra vez tenemos que mudarnos de ciudad? ¡Pero si aquí estamos bien! 

Mis padres se preparaban porque Dios los llamaba para ser no solo pastores, sino misioneros a tiempo completo. Yo tenía tan solo nueve años y no tenía idea de lo que todo eso implicaba, lo único que podía vislumbrar era que ya no tendría la oportunidad de estar allí donde estaban mis afectos.

Así que a partir de entonces, siendo una niña de apenas nueve años de edad, comencé a vivir un remolino de cambios constantes: distintas ciudades, costumbres, idiomas, culturas, amigos. Aunque todo parecía estar bajo control, muy en lo profundo, mi corazón se enojaba con Dios. ¡Otra vida, nuevos amigos, nueva escuela!


“Echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentará; no dejará para siempre caído al justo”. 
Salmo 55:22

Quizás tú hayas permanecido toda la vida en un solo lugar, o quizás hayas tenido que cambiarte de lugar sin sentir el dolor que yo experimenté. Sea cual fuere la situación, todas estamos expuestas a perder algo o alguien, y todas de alguna u otra manera hemos conocido el dolor desgarrador que implica la pérdida. 

En este tiempo estoy rodeada de amigas a las que no les resulta fácil este tramo del camino. Una de ellas ha perdido su cabello por la enfermedad del cáncer, otras han perdido a su madre en un accidente. Hoy quiero escribir para ellas y para ti, pero no acerca del proceso de adaptación a la dolorosa pérdida de algo valioso, sino de la esperanza que nace en medio de la pérdida. 

Amiga, Cristo conoce tus lágrimas y sabe cuán profundo es el dolor que soportas apretando fuertemente tus dientes. Nunca estás sola cuando lloras, ¡Él está allí!  Así como me acompañó en mis interminables noches de lágrimas cuando me sentía sola contra el mundo, Cristo te acompaña en el dolor. Posiblemente ir al hospital te produce dolor, caminar hacia la tumba de esa amada persona te hace llorar, o puede que tu misma cama se convierta en un lugar de tristeza, pero créeme que en el hospital, en el cementerio y en tu cuarto Dios está.
   
 💦 No necesitamos ser auto-suficientes para atravesar la pérdida ¡no lo somos! Pero podemos elegir ser valientes para recibir el consuelo de Dios en medio del dolor. 💦 

Por experiencia propia, sé que se necesita valentía para dejarte consolar por el Señor. Anteriormente te mencioné que estaba enojada contra Dios preguntando  ¡¿por qué?!   Y mientras más me aferraba a mi dolor menos experimentaba su consuelo.

Solamente cuando, a pesar de no entender nada y de sentirnos confundidas frente tantas preguntas sin respuestas, decidimos lanzarnos a Sus brazos para recibir consuelo y descanso en Su soberanía, es que experimentaremos el descanso que tanto anhelamos. 

No podemos esperar que la herida deje de doler en un instante pero, mientras recuperamos el aliento en Cristo, podemos comparar este leve sufrimiento con el peso de la compensación que recibiremos en gloria ¿Qué tiene más valor?


“El sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heridas”. 
Salmo 147:3 








ACERCA DEL AUTOR


Angélica Jiménez

Hija de Pastores misioneros de nacionalidad Colombiana, ha servido desde los 9 años junto a sus padres en los países de Bolivia y Argentina. Diagnosticada alrededor del año 2009 con Síndrome de Eisenmenger ha propuesto en su corazón servir a Dios hasta el día en que él se lo permita. Sus experiencias en la obra misionera continúan labrando el sueño de brindar herramientas bíblicas para las jóvenes de hoy.


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Semana 4 


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